Presentación

Imagen de Iberdrola

La iluminación nocturna de una ciudad es la suma de muchísimos puntos de luz que emiten los edificios, los comercios, pero sobre todo, el alumbrado público: las farolas

En este blog, que forma parte del entramado de Bilbao: Arquitectura y urbanismo, vamos a recopilar distintos modelos y distintas formas de trabajar con la luz. Algunos os sorprenderán.

Pero nada mejor para iniciar este paseo por la luz nocturna de nuestra villa que este estupendo y entretenido artículo que he conocido por el blog de César Estornes  (publicado el 7 de septiembre de 2011) en el que recopila una serie de artículos publicados por Manuel Basas durante diferentes días, en la Gaceta del Norte de Bilbao en el año 1956

Los principios de la iluminación pública

Antorchas

Bilbao vivía entre revueltas y luchas intestinas, en una ciudad amurallada, cuyas puertas se cerraban por la noche.

Dentro del recinto amurallado, en lugares estratégicos, ardían algunos tederos o cazoletas de hierro con resina, estopa y leña en su interior.

Generalmente estaban situadas en las esquinas de torres, puertas de entrada y en alguna casa palacio.

Al toque de oración anunciado por las campanas de la iglesia todas las puertas, ventanas y tiendas se cerraban. La ronda de vigilancia daba el paseo por la villa y la absoluta oscuridad.

En los días de fiesta, más antorchas y linternas en las fachadas de los palacios o en las comitivas de los magnates. La iluminación nocturna ha sido signo de fiesta en el pueblo.

Las ordenanzas de Bilbao de 1593, se prohibía andar por la noche con teas encendidas, para evitar incendios.

Cuatro veladores salían al anochecer, tañendo trompetas con fuerza, para cuidar que toda puerta de la muralla estuviese cerrada y todo fuego apagado.

En el año 1641, el concejo adquirió cuatro “lanternas-faroles” de hoja de lata, con vidrieras y mecheros, para cuando sucediese algún “rebato o creciente de aguas, para que cuatro personas las traigan, si sucediere de noche, alguno de dichos accidentes”

El uso de las farolas con velas de sebo

Hasta el siglo XVIII, no hallamos en Bilbao como en otras urbes una preocupación del municipio, por establecer un sistema de alumbrado público.

De manera que durante cuatro siglos cada vecino tuvo que alumbrarse como pudo. El primer contrato entre el Ayuntamiento y dos bilbaínos data del año 1721, para ocuparse y mantener los faroles que existían por las calles, plazas y cantones de la villa. Eran de hojadelata y cristal colgados de unos hierros clavados en la pared y se manejaban por medio de unos cordeles.

Los arrendadores cobraban seis reales por cada farol al año.

Generalmente se situaban en las ventanas o balcones para que los vecinos pudiesen encenderlos.

De estos faroles alimentados con velas de sebo, llegó a haber hasta 123 faroles en toda la villa.

Pero eran del todo insuficientes, por cuanto quedaban muy distantes entre sí. Por eso hacia el año 1780 se pensó ya la reforma de este alumbrado.

Las farolas de aceite

El capitular Joseph Ibañez de Rentería, presentó proyecto que consistía en repartir los faroles a 30 pasos unos de otros y para ello midió el largo de las calles y plazas de Bilbao, curiosa medida que arrojó 6.708 pasos regulares. Dividió y salió la cuenta: 223 faroles o sea más de los que había.

El presupuesto de la reforma ascendía a 18.056 reales de vellón y añadía: No se ha hecho rebaja de las noches de luna, atendiendo a que, por lo lluviosas y oscuras que suelen ser las noches de invierno de este país, habría inconvenientes en disminuir el número de luces.

El plan de Rentería no se llevó a efecto. El Ayuntamiento de Bilbao del año 1781 y el del año siguiente lo dejaron de lado. Sin embargo, se hacía patente la necesidad de reformar el sistema.

Se piensa en el alumbrado al aceite que se usaba en la corte. En 1783, el nuevo consistorio comisionó de nuevo a Rentería para estudiar un nuevo plan de alumbrado público, lo cual hizo este adaptando su anterior proyecto a la alimentación por aceite de un nuevo tipo de faroles.

Calculó los mismos 224 faroles a construir y dispuso un cuerpo de seis personas dedicadas a su cuidado y conservación.

Estrenado el nuevo sistema al aceite, hubo que llamar a un farolero de Madrid, que viniese a instruir y hacerse cargo del servicio bilbaíno.

Este fue Antonio García que se quedó en Bilbao durante nueve años, ejerciendo en remuneración el cargo de corredor del puente.

Presentó a los regidores el “Plan-Madrid” de alumbrado que decía así en su encabezamiento: Los faroles de esta corte, se encienden a la oración y se les pone el aceite siguiente. . . . . trata después de este punto, cada onza de aceite grueso duraba tres horas y media. La torcida de la mecha debía ser de buen algodón y de diez hilos.

Se nombraron entonces los primeros faroleros de Bilbao, Alejandro Bustes se encargó de los faroles de Barrencalle y Joseph Curet de los nueve que tenía Carnicería Vieja. También el Ayuntamiento nombró lo que pudiéramos llamar primera comisión de alumbrado, compuesta por dos capitulares y por un inventario. En el año 1796 sabemos que los utensilios de los faroleros eran: Aceiteras, escaleras, trapos, medidas de hoja de lata, algodón, candilejas y achotes para encender los faroles.

Los faroles de reverbero

El último capítulo de la historia del alumbrado al aceite en Bilbao, lo constituyen los faroles de reverbero que se instalaron en el año 1800, por los paseos del prado del Arenal. El farol de reverbero hacía reverberar la luz, esto es la reflejaba en una superficie bruñida reflectante y no dejaba sombra bajo el mismo. Creo que fue esta la primera instalación lumínica que se hizo en tan popular paseo. Se pusieron trece faroles y el contrato de mantenimiento, se hizo independiente de los demás faroles de la villa. El arrendatario recibió dichos faroles “con sus candilejas de dos mecheros cada una y 26 reverberos, una aceitera, una medida y una escalera por cada farol. Por cada farol cobraba un real diario. Los faroles estaban encendidos desde el Ángelus hasta las once de la noche.

Los faroles de gas

Imagen de Juan José Ruiz en Flickr

Bilbao fue la segunda ciudad de España en adoptar el gas de alumbrado.

Al gas se le llamaba, llama viva o luz filosófica. Con el gas entramos en la modernidad de Bilbao, la evolución va a ser ahora mucho más rápida que en los siglos anteriores.

Recordaremos que hasta el siglo XVIII no hubo sistema de alumbrado público, ordenado por el municipio y que a mediados del siglo XIX Bilbao seguía iluminado al aceite por faroles de reverbero.

Desde que a fines del siglo XVII Becher sometió el carbón de piedra a la destilación por el calor y obtuvo un gas que ardía con llama viva y brillante, continuaron los ensayos para lograr la producción de este nuevo sistema de alumbrado.

A principios del siglo XIX se iluminó con gas el célebre Pall Mall de Londres.

Poco después se instaló el sistema en París y Barcelona, fue la primera ciudad española que contó con las nuevas luces públicas de gas.

En el verano de 1844, el ingeniero Juan Bautista Stears de la sociedad inglesa  “Compagnie General Provinciale du Gaz” se dirigió al alcalde de Bilbao, proponiéndole para la villa la instalación del gas de alumbrado para sus calles y para cuantos particulares quisieran beneficiarse con el mismo.

Decía la compañía en su propaganda que había puesto el gas en cincuenta ciudades inglesas y que en cinco años habían hecho en Francia las instalaciones de Versalles, Rennes, Jaumur y Brest, ciudad esta desde donde escribía a Bilbao.

Se cruzaron las cartas entre Bilbao y Brest, el ayuntamiento de Bilbao estaba presidido por el noble caballero Don Federico Victoria de Lecea, se dispuso adoptar el nuevo alumbrado para la villa.

Mrs. Stears vino a España y estuvo en Bilbao. Luego pasó a Cádiz donde también se gestionaba la instalación del gas. Envió a Bilbao un proyecto de contrato a fines de 1844. Todos los gastos correrían a cargo de la compañía. El ayuntamiento cedería terrenos para la fábrica de gas y pagaría durante los primeros nueve años del contrato a razón de seis maravedís por hora de cada mechero o boquilla, en los nueve años siguientes, se rebajaría el canon a cinco marcadas.

Si embargo el municipio bilbaíno no se entregó de lleno a la propuesta de Stears, sino que convocó un concurso general para que acudiesen otros instaladores de gas. Además pidió informes a Cádiz y a Bayona.

Por fin en la primavera de 1845 se resolvió el concurso y lo ganó, no el inglés, sino un francés que ofreció poner gas en Bilbao en mejores condiciones económicas, que eran cinco y tres maravedís por hora, en los plazos de nueve años de contrato.

Este francés fue Mr. Esprit Luis Laty, de Bayona que al año siguiente, constituyó “La Societé pour L`Eclairage du gaz de la Ville de Bilbao” con domicilio en Lyon.

Adjudicada al francés Laty, la instalación del gas en Bilbao, una de las primeras cosas que se precisaban era la construcción de una fábrica de gas. Para lo que el ayuntamiento había de dar los terrenos según contrato. La cosa no fue nada fácil, se pensó en las ruinas del convento de San Agustín (donde está el actual consistorio), en la calle Iturribide junto a las escuelas de párvulos y en el Campo Volantín, pero todos ellos fueron desechados por diversas razones.

El Campo Volantín por ser paseo público, donde molestarían las emanaciones de los gasómetros.

Al fin se decidieron por el terreno que a la salida de la Sendeja va al Cristo de Uríbarri, a mano derecha y frente a la casa Palacio de la Quintana. Cuya encañada vendría perfectamente para los gasómetros y se daría una cómoda salida a las emanaciones. Lo cual pareció bien a todos menos a Don Victor Zenón de la Quintana, que no quiso vender al ayuntamiento, una huerta que se precisaba para la fábrica. Hubo que acudir a la expropiación forzosa.

Llegó así el año 1846 y Mr. Laty se impacientaba y escribía al alcalde pidiéndole indemnizaciones por incumplimiento de contrato.

Comenzaron las obras con el permiso de Calahorra (diócesis a la que pertenecía Bilbao) y se trabajó en días festivos.

Todo Bilbao de este lado de la ría, se levantó por sus calles y empedrados con zanjas y tuberías.

En la noche de este señalado día, 16 de diciembre de 1847, se inauguró el nuevo alumbrado de gas de Bilbao. El alcalde y los capitulares se congregaron para asistir al encendido de las farolas y candelabros.

Todo “el viejo Bilbao romántico de mediados de siglo quedó iluminado, por la no menos romántica luz de gas”.

Doscientas cuarenta y cinco farolas dieron al Bilbao nocturno un nuevo aspecto, como no había tenido hasta entonces.

El Arenal y la Plaza Nueva gozaron de una atención especial, veintiocho faroles iluminan el clásico paseo y otros veintidós la plaza porticada.

Por primera vez se puso luz a los márgenes de la ría y las puertas de las iglesias, de los teatros y edificios públicos embellecidos por la noche.

Las farolas eléctricas

En el año 1881, se recibió en el consistorio bilbaíno una carta de don Constancio Brouck, desde Madrid en la que pedía informes sobre la situación del alumbrado por gas en Bilbao, a fin de proponer el alumbrado eléctrico en la villa.

Diariamente se encendían en la villa 633 luces de gas, contando Abando 22 y Begoña 87. El costo del alumbrado era de 50.255 pesetas que pagaba el ayuntamiento de Bilbao. Tenía entonces la villa 33.492 habitantes según el último padrón.

En el año 1882 la Sociedad Española de Electricidad instaló en Bilbao una máquina de vapor generadora de electricidad. Fue una rudimentaria central, establecida en un barracón sobre los terrenos del convento de los Agustinos (hoy ayuntamiento).

En el año 1883 se hicieron los primeros ensayos en la calle Correo, Arenal y otras próximas. En el año 1884 se quemó la caseta que hacía de central y la comisión municipal informó sobre la conveniencia de hacer una nueva instalación, viendo los buenos resultados de la anterior y la aceptación del vecindario.

La instalación del alumbrado eléctrico, que de modo tan restringido se instaló no consiguió prosperar.

El alumbrado de gas se hallaba muy arraigado en Bilbao y el Ayuntamiento de Bilbao había adquirido la fábrica de gas y no podía hacerse la competencia así misma.

La electricidad resultaba cara para las arcas municipales.

En el año 1884 llegó a Bilbao una curiosa propuesta de instalación eléctrica que hacía un farmacéutico de Burgos, el cual escribía de un modo cursi y pedante sobre lo maravilloso de la nueva luz eléctrica.

Fue entonces cuando Valentín Gorbeña, al que tantas cosas debe Bilbao  presentó un anteproyecto de estación central de electricidad, magníficamente elaborado. La central se situaba sobre en el paraje de la Concordia, en los terrenos del Ferrocarril del Norte.

Produciría hasta 2000 lámparas de 16 bujías, con máquinas de vapor de seis dinamos, con otras características el presupuesto rondaba las 248. 000 pesetas.

El proyecto Gorbeña no cuajó, se dividieron las opiniones en el consistorio.

Luego vinieron empresas particulares Bergé y Compañía pidiendo permiso para instalar luz eléctrica a domicilio.

Pero de nuevo aparece Vicente Gorbeña como director gerente de la Compañía “ELECTRA” realizadora del mismo plan y proyecto presentados al ayuntamiento anteriormente por él.

La central se construyó con fachada a la calle de la Estación y a Bailen, la red de distribución se hizo aérea y subterránea, para la primera se levantaron los primeros postes que hubo en Bilbao, los cuales llevaban adosada una caja transformadora en lo alto.

Tanto el viejo Bilbao como el Ensanche se beneficiaron de la Electra Bilbaína.

Los bancos, las sociedades recreativas, como el Sitio y la Bilbaína, el Club Naútico, Euskalherría y otros gozaron pronto del nuevo alumbrado, especialmente el nuevo teatro (Arriaga) el principal consumidor.

Hasta finales del siglo XIX, las calles de Bilbao continuaron alumbradas por la luz de gas o por farolas de petróleo.

En las casas ganaba la luz eléctrica.

Hasta el año 1889 no hallamos un contrato del ayuntamiento bilbaíno con “Thomson Houston Internacional Electric Company” para instalar 46 focos de arco voltaico en la vía pública.

En la isla de San Cristóbal, instaló el consistorio las dinamos dentro de un pabellón adosado a la casa de máquinas allí existentes.

En el año 1891 se puso luz eléctrica en las escaleras del nuevo ayuntamiento y poco a poco se fue extendiendo su uso, en rivalidad constante con la luz de gas hasta principios del siglo XX.

En las fiestas de agosto, la iluminación eléctrica fue una novedad y un espectáculo para todos los vizcaínos que venían a divertirse en Bilbao, esto ocurría a finales del siglo XIX.

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